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Wiraqocha Marco

13 de Marzo 2018 – Wiraqocha Marco
Marco es un hombre de 82 años, el Uro más viejo en su pequeña isla de totora a quien no pude dejar de observar, entre otras cosas, porque lo imaginé como un tesoro a la vista de todo el mundo y que pasaba desapercibido. El y su batán de piedra eran movimiento y sonido contínuo, natural como el viento y las pequeñas olas en el Lago Titikaka. Estaba moliendo trigo que había “truequeado” por un poco de pescado “Ispi” hace unos días en la feria. Era mediodía y el sol era tan intenso que lo sentí como 82 años quemándole la piel y convirtiéndola en una señal del paso del tiempo.
Quizás ya me había visto pero me gusta más pensar que, hasta que me acerqué a él, no sabía que Yo existía. Y así me senté delante suyo, anhelando “no existir” sino de mimetizarme en su espacio, en su despreocupación sobre el tiempo, en su concentración para hacer una sola cosa bien hecha, en su fe, en su autoridad y sabiduría. 
Después de “tres ratitos” como diría Llanúa (mi hija) no pude quedarme callado, «Wiraqocha!», le dije y le ofrecí hojas de coca y todo mi respeto con ellas. El a cambio detuvo el tiempo ofreciéndome el “aquí y ahora” y me reconocí como una criatura del Kaypacha. No quería que este tiempo terminara y para lograrlo le hacía preguntas para aprender sobre él, como buscando en sus respuestas una clave mágica para encontrar lo que aún sigo buscando y que sin embargo me es desconocido. Su voz sonaba como un rezo y su pausa era en si misma un consejo. Me contó algunas historias de su vida sin dejar en ningún momento de moler en su batán y en la misma posición sentado sobre sus talones. Sus hijos, nueras, nietos y un bisnieto de apenas dos años lo observaban desde cierta distancia con una sonrisa en sus rostros quizás esperando un desenlace con éste desconocido o quizás igual que Yo alguna otra enseñanza, después de todo Él es un “Yachachiq” natural. Me sentí afortunado, como si Yo hubiera sido el único con quien alguna vez habló así. El ego y la mente, aunque demoraron en mostrarse, balancearon aquel momento de humildad y sumisión, entonces me di cuenta que era momento de despertar, de agradecer, de abrazar prolongado nuestros corazones y recostar por unos segundos mi cabeza en su hombro como lo hice de niño, como lo hace ahora Llanúa conmigo, y que dio a ambos el goce de proteger y ser protegido, de dar y recibir, de soñar despierto y despertar al Yo dormido. Me despedí e intenté una última vez hacer algo que en general hemos olvidado, lo miré a los ojos y reconocí que todos somos nuestro propio universo, que somos dualidad y que podemos tener ese espíritu, como el viejo Marco, para ser otro “Wiraqocha”.
Su mirada era fija y sus ojos eran pequeños…

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